Rss Feed
  1. Ya no me duele más.

    jueves, 30 de noviembre de 2017

    "Esta vez son otras manos, es otro olor. Estoy tan lejos de nuestro nido, tan cerca del olvido... y por primera vez sonrío a alguien que no eres tú."

    Estoy lejos de esa noche de domingo en que me dijiste 'adiós', sin quererlo o queriéndolo pero no teniéndolo claro, no sé. Estoy lejos del último día en que nos vimos, de la confusión de intentar volver a ser la pareja que éramos en cuestión de horas y fracasar estrepitosamente en cuestión de minutos. Estoy lejísimos de ese tiempo en que casi intenté suicidarme, en que sentía que el valor de mi existencia estaba condicionado a tu presencia en mi vida. 

    Te odié un tiempo antes o después, no sé bien. Te odié con el odio de no estar dispuesta a dejar de estar a tu merced, con un odio que era más rabia que cualquier otra cosa. Era dolor. Sea lo que sea, te odié a ti y las odié a ellas, a quienes creí culpables de tu silencio, de tu ausencia, de tu confusión, de tu necesidad de decirme que me extrañabas sin querer hacer nada por remediarlo. Sin poder hacer nada. Sin extrañarme de verdad. Pero después no te odié y tampoco te culpé. No sé si fueron ellas, si fue el tiempo, si fue la vida o el mismo Dios quien sembró en ti la duda, pero fue una duda que nos despertó a los dos. Una duda que nos sacó de esa zona de confort en la que estábamos tan tranquilos, haciendo planes de vivir juntos, de casarnos, de perpetuar el amor hasta el fin de los tiempos. 

    De pronto no estaba escrito en ninguna parte que tú y yo fuéramos el único amor del otro, sino sólo el primero. Tal vez todas las trabas y las piedras que encontramos en el camino eran una advertencia, un intento del destino para sacarnos de ahí antes de que todo fuera más serio, más grave. Antes de que tu partida, esa que ambos vaticinamos desde el principio sin querer, fuera a dejar más que un muerto y un gravemente herido.

    Hoy, aquí, en el último día de noviembre, me detengo un momento de lo que tengo que hacer para respirar profundo y pensar en dónde estaba hace nueve meses. Hace nueve meses llevaba nueve días sin probar bocado, nueve días llorando y dejando mi tristeza en Kleenex, en la almohada, en las calles, en mensajes frenéticos y medidas desesperadas. Y entonces no imaginaba que, un tiempo después, contaría la historia. No sabía que tenía que suprimirme un tiempo, el tiempo necesario para recuperar la fuerza, encontrarme conmigo misma y levantarme. 

    Levantarme y soltarte empezó despacio después del último golpe. Cuando el último golpe llegó, un viernes en la madrugada, hablé con mi psicóloga y ese mismo día tuvimos una consulta en la UCI (ella estaba hospitalizada, pero consideró que mi estado era crítico). Después de una charla larga con lágrimas y ojeras, me mandó a dormir y a distraerme. Esa noche supe que me dolería verte con otra mujer, pero no estaba en mi mano permitirlo o evitarlo, ni tampoco iba a dejarme caer en el siguiente abismo. Ese día te imaginé con otra y dolió, dolió pensar en ti dándole tu corazón a alguien más, pero lo entendí. Uno no puede obligar a otro a que lo quiera, a que le dispense amor y atención. Tú querías ser libre y volar, probar otros brazos y otras rutinas, y yo no podía esperar más. Al día siguiente, sábado, apareció una fiesta que le dio al proceso el sabor de una boca que no besé más que una noche. Y luego otra. Y otra. Después, la vida le dio el sonido del acento de un extranjero hablándome en la cama. Y luego otra fiesta, y otra. Y otra. Más tarde, se sintió vacío pero en calma, sin ganas de más encuentros casuales, sólo de valorar mi paz y abrazar lo que soy. De amarme. De luchar por mí.

    Finalmente, esto de dejarte ir tuvo cara de abogada contenta y serena con dos perforaciones más en la oreja y las uñas larguísimas sobre el timón de un automóvil, y se ambientó en pueblos y ciudades lejos de la mía, rodeada de viejos amigos y con amigos nuevos, conmigo mucho más pesada y más viva.

    Ya no canto Ya no me duele más con el mismo sentimiento que hace un par de meses, ahora la canto con sinceridad. Ya no tengo ganas de ver el perfil de ella en Instagram ni de leer nuestras conversaciones viejas. Ya no me duele ver tus fotos, ya no me pone nerviosa hablar contigo, ya pude sacar tus regalos de donde los escondí y quitarles el significado. Te quiero como te querré siempre, como se quiere al primer amor, y te mandaré siempre luz y buena energía, oraré por ti y le pediré a Dios que te guarde y te dé salud y buenas experiencias... queriéndote así, sin ganas de amarte como antes, sin extrañarte más, sin desear tenerte a mi lado. Te mando lo mejor que puedo mandarte sin ganas de lastimarte ni de que me lastimes tú a mí, sin ganas de intentar nada que nos haga más daño, sin otra necesidad que estar en paz. Y es así como sé que, de verdad, ya no me duele más.

    Hace nueve meses mi vida había terminado contigo. Hoy sé que mi vida, como la tuya, sólo necesitaba un empujón para empezar a escribir un nuevo comienzo.

  2. I need some shelter of my own protection, baby.

    domingo, 22 de octubre de 2017

    Cinco meses han pasado desde la última vez que escribí una entrada corta, dramática y enigmática. En cinco meses la vida me ha cambiado del cielo a la tierra: en febrero pasé del cielo al infierno en cuestión de minutos, y en adelante no hice más que descender de círculo en círculo hasta el más profundo del infierno. Después volví a ascender y, aunque es clarísimo que estoy muy, muy, muy lejos del cielo... por lo menos ya no tengo la sensación de estar imposiblemente atrapada en un lugar en el que sólo hay dolor y desolación. 

    Quiero contarles que J y yo terminamos. No fue una terminación limpia ni corta, pero no hubo insultos (sí "sacadas en cara" y antipatía, pero muy consistentes con el respeto que nos tuvimos toda la relación, no hubo insultos), llamadas borrachos o serenatas diabólicas. Empezamos "dándonos un tiempo", pero la terminación definitiva vino como en junio, cuando conoció a alguien más y decidió soltarme. Esa fue la cumbre del dolor, pero en adelante todo fue más sencillo: yo había dejado de hablar con mis amigos de la universidad y mi mejor amiga, pero también había empezado a ir a terapia psicológica hacía dos meses, así que volví a conectarme con esas personas a las que había perdido y empecé a salir. A nadie le conté todo lo que pasó, en primer lugar porque sinceramente pensé, al principio, que en verdad nos estábamos dando un tiempo, y me parecía innecesario hacerlo quedar mal... y en últimas porque soy muy consciente de que el único malo de la historia no fue él. Nosotros nos turnamos el papel de villano, y aunque jamás nos insultamos ni nos agredimos... sé bien que ambos nos hicimos mucho daño. No importa quién empezó: nos lastimamos demasiado. 
    El amor no todo lo puede, ahora lo sé: eso que creía ingenuamente no existe, no es real. El perdón no borra ni los pecados ni el dolor, y a veces perdonar es un eufemismo para decir "voy a tratar de quererte como antes de que me lastimaras, pero no se me va a olvidar y esto algún día va a estallar". A veces perdonar requiere no permitir, no permitir que alguien vuelva o no permitirnos volver. A veces sólo estando lejos podemos hacer las paces con lo que el otro hizo y con lo que hicimos, con el dolor que nos causó o que le causamos... y dejarlo estar. 

    Durante los primeros meses le pedí mucho a Dios que me pusiera en su corazón. Todos los días lo hacía por la mañana y por la noche. Eventualmente le pedí a Dios que me matara, que por favor no me dejara seguir viviendo porque no lo soportaba. Pero parece que eso no era lo que Dios quería para mí, y aquí estoy. Dejé de pedirle a Dios que me pusiera en su corazón para pedirle que me sanara y me ayudara a seguir. Siempre le pedí lo siguiente: que, si él era el hombre de mi vida, lo arreglara y me lo devolviera como debía quedarse en mi vida. Ahora no sé si él sea el hombre de mi vida, pero está claro que si se fue es porque no lo era en ese momento. No sé si la vida quiera que nos reencontremos eventualmente y que nos amemos como se debe... pero por ahora estamos siguiendo caminos distintos. Hablamos de vez en cuando, porque habíamos quedado en reconectarnos, en volver a hablar con calma, pero hasta ahora sólo ha servido para darle un tono más amistoso a nuestras conversaciones, para no seguirnos hiriendo y ser capaces de saber del otro sin drama (dejé de temblar y vomitar cada vez que me escribe)... pero está bien. Ya he procesado y entendido muchas cosas y soy capaz de mandarle luz y buena energía cuando pienso en él.

    Desde junio empecé a tener citas con hombres. Tuve las citas más desastrosas de la vida pero también unas bastante divertidas. Con ninguno de esos hombres salí más veces de las que puedo contar con una mano, y eventualmente borré los teléfonos de todos. Ninguno sobrevivió. Hablé de mi vida amorosa con una pluralidad de conductores de Uber y taxi, y seguí llorando pero cada vez con más tiempo entre llanto y llanto: primero cada fin de semana, luego cada quince días, luego una vez al mes. 
    Volví a comer como suelo hacer, subí de peso de nuevo, empecé a conducir y a salir de la ciudad con mis amigos, a quedarme a dormir en la casa de mi mejor amigo y a ir de fiesta con el único propósito de disfrutar con mis amigos. Poco a poco volví a escuchar canciones que hablaban de amor, a ver películas que tocaran el tema, y a hablar del amor. 

    Por supuesto, hablo de amor en tercera persona, en teoría y con un escepticismo que no me permite conjugar el verbo 'amar' con el adverbio 'incondicionalmente' en mi vida. Con J viví cosas hermosas, hice unas muy ricas, comí cosas deliciosas, vi paisajes tan hermosos que agobian, sufrí con él y por él (y viceversa), crecí y aprendí con él (y viceversa, de nuevo), pero ni todo eso fue suficiente para mantenernos juntos. ¿Entonces? ¿Hay algo más? ¿Hay algo que nos perdimos? ¿Hay algún paso que nos saltamos? ¿Éramos o no éramos felices? ¿Cuándo empezó a irse a la mierda (en serio) lo que sentíamos? Pero lo más importante: ¿después de esto habrá algo que se sienta tan real y parezca valer tanto la pena? ¿Podré volver a darle todo de mí a alguien? ¿Debería? ¿Podré volver a creerle a alguien cuando me diga que me ama? ¿Cuando me diga que soy la única mujer en su vida? ¿Cuando me diga que le importo?

    En fin. El año académico ya casi acaba. Todo se hace más difícil y da miedo, pero también emociona. Y estoy bien. No duele respirar ya, no todo el tiempo. Ya no me siento vacía con la misma frecuencia... ya no quiero morirme. Estoy tranquila... y esta tranquilidad no tiene precio.

    Un abrazo. Y volveré pronto, lo prometo. 



  3. The end.

    miércoles, 24 de mayo de 2017

    Este blog debe dejar de existir. Durante este semestre mi vida ha cambiado drásticamente, y absolutamente nada de lo que hay aquí debe ser recordado. Nada vale la pena, no quiero saber de nada más. 

    Habrá otro, libre de desórdenes alimenticios pero seguramente plagado de tristeza durante algún tiempo. Luego, ya veremos. Así que esperaré 15 días: si alguna de ustedes quiere, le diré dónde leerme. Si no, antes de borrar este blog o dejar de escribir, no sé qué haré, debo desearles buen viento y buena mar para todas, y expresar mi más sincero agradecimiento por tomarse el trabajo de leerme y estar conmigo aún en la distancia cuando hubo glorias y cuando hubo tristezas. 

    Quizá alguna se pregunte por el motivo del fin. Se trata de que quien escribía aquí está profundamente dormida dentro de mí, y no sé si volverá a despertar. Esa persona que ustedes vieron convertirse en mujer ha sido rota, desmadejada, hecha doscientos mil pedazos más de una vez en estos últimos meses. Así que quisiera dejarla descansar.

  4. La explicación del olvido y la ausencia.

    miércoles, 11 de enero de 2017

    Siempre publico una entada para comentar cómo me fue de cumpleaños, pero lo olvidé. Basta comentar que llegaron los 21 años con un par de fiestas sorpresa (una de las que acabó en la firme determinación de no volver a salir de fiesta con mis amigos de la universidad) y buena comida. Viajamos luego a la costa caribe a disfrutar de las vacaciones... y lo hicimos muchísimo, pero permití que varias cosas arruinaran un poco esa sensación de goce y bienestar. 

    1. He subido de peso. Ostensiblemente. ¿Dónde se nota más? O mejor, ¿dónde se nota mal? En el abdomen. Mi abdomen plano y divino de hace un tiempo desapareció para dar paso, no a un montón de llantas o a una situación crítica, pero sí a un vientre poco fit. En parte se debe a mis problemas intestinales, que hacen que a menudo me hinche un montón (a pesar de que me alimento bien), pero también a que dejé de frecuentar el gimnasio desde octubre y a mis malos hábitos de autocuidado en época de exámenes finales en noviembre. Como consecuencia de lo anterior, estuve excesivamente consciente de mi cuerpo en las vacaciones, cohibiéndome un poco y no disfrutando a plenitud ciertos espacios que antes podía gozar con tranquilidad. Mi novio también ha ganado barriguita, pero no sé por qué misterio los hombres no llegan a verse del todo mal en ese estado, así que aunque a veces me anima un poco, también me da un poco de envidia la posibilidad que tiene él de descuidarse sin caer en desgracia. 
    ¿Qué hacer ante esto? J dice que volver al gimnasio. Estoy de acuerdo, pero al mismo tiempo siento que necesito algo más drástico. Estuve leyendo acerca de un color cuya observación inhibe un poco el apetito (sí, a propósito de Kendall Jenner, old habits die hard) y lo he estado considerando... pero no quiero volver a obsesionarme ni perder el peso que he ganado en otros lugares del cuerpo (o sea, mi culo). Otra opción que puede funcionar es ir al nuticionista, al que J no le tiene mucha fe, pero con el que siento que a lo mejor puedo ser sincera y expresar mis necesidades. En fin, ya comentaré qué decidí. ¿Es esto un factor de riesgo para una recaída? No lo sé, pero quiero creer que no. Y es que me considero recuperada de la anorexia aunque en este momento me preocupe por tener la tripa plana, porque esto de ahora es una necesidad focalizada y porque no pienso poner en riesgo mi salud otra vez. 

    2. Mi papá sufrió una complicación de salud lo suficientemente grave para hacernos regresar de las vacaciones y, en mi caso, pasar ya tres noches en la clínica. Estuvo a punto de dejar este mundo, lo que me ha tenido en un vaivén emocional entre la fuerza y la entereza y la tristeza y el miedo. No tengo palabras para describir lo que sentí. Los recuerdos de toda una vida a su lado, siendo la hija que más tiempo ha estado con él y quien más lo conoce, me llenaron (y me llenan todavía a ratos) de nostalgia y pavor. Dormir en la clínica para acompañarlo y estar pendiente de él me agota, pero me tranquiliza un poco. El problema es que es claro que me preocupo por estar con él por su salud, pero no sé si por otro lado también lo hago por mí, por sentirme útil, por hacer el papel de hija diligente, por expiar un par de culpas... no sé. No sé si en el fondo soy una egoísta disfrazada de colaboradora.

    3. Inicio el quinto y último año de la universidad. De repente, la proximidad de la vida profesional me abruma, así como pensar en la cantidad de cosas que no recuerdo de los 4 años anteriores. 

    4. No dejo de pensar. Tengo tantas cosas en la cabeza (y he tenido tantas), que noté una especie de falta de memoria que me hace olvidar cosas que recién pensé hacer o decir. Lo que J me explicó fue que mi cabeza tiene tantas cosas en remojo que olvida algunas otras porque el cerebro no las considera importantes. Esto, aunque no tiene la gravedad de un alzheimer prematuro o cualquier otra cosa, no deja de ser molesto.

    5. Llevamos 1 mes sin sexo. Por favor, no me pregunten cómo hemos sobrevivido porque ninguno de los dos lo sabe. De cualquier modo, cuando esto ocurre mis niveles de tensión aumentan, me vuelvo más irritable, no pienso con la misma claridad y hay discusiones entre nosotros. Y nada de eso ayuda.

    Así que ahí está. Un resumen de todo y de nada, hasta que (dentro de poco) vuelva a escribir, pueda volcarme sobre las letras en la pantalla y compartir reflexiones sobre el comienzo de año, así como metas y listados.

    Un abrazo.


  5. This shit's not working.

    domingo, 16 de octubre de 2016

    I'm just not feeling it. Voy en piloto automático 24/7. Todos los días probando nuevos tonos de labial, buscando qué ponerme, leyendo textos de hace 3 siglos, acumulando en mi agenda pendientes que no llego a completar, tratando de seguirle el ritmo a las dos carreras, tomando un antidepresivo y un antihistamínico cada noche para no amanecer de bajón y con alergia al día siguiente.

    Esto no es lo que quería sentir a los 20 años.

    "¡Pero aún eres muy joven!"

    I don't fucking care. Estoy atrapada. Lo tengo todo y al mismo tiempo me siento más jodida que nunca. Quiero acostarme y llorar hasta dormir como hace años no, pero no lo haré porque entre volver a tomar fluoxetina en jarabe, comer algo dulce para quitarme el sabor y organizar mi habitación (porque, señoras y señores, el TOC no me permite irme a la cama con desorden), no me van a quedar ganas de llorar. 

    Y porque ¿pa' qué? ¿Sirve de algo? No. No voy a deshacer todas las malas decisiones de mi vida con un par de lágrimas. Ni con una cascada. 

    Hoy me di cuenta de que ya no quiero hablar de nada malo. ¿Estoy evitando, como dice mi amiga psicóloga todo el tiempo? Tal vez. ¿O será que simplemente ya no me apetece? ¿Que me ha ganado la flojera de desahogarme? Me voy anulando solita y no me importa. 

    Estoy tan cansada...

  6. What does recovery look like?

    miércoles, 13 de julio de 2016

    Creo que podemos convenir en que la anorexia y la bulimia no se ven bien. O por lo menos no se vieron bien en mí jamás. Quiero decir, ¿hay algo glamouroso en masticar comida y escupirla sin tragar? ¿En vomitar hasta tener el piso del baño salpicado de comida devuelta, hasta que el corazón late rápido y fuerte y los ojos sangran y lloran y uno siente que se va a desmayar? No. No lo creo.

    La recuperación, en cambio, se ve un poco mejor. Se siente mejor, genuinamente bien. Recuperarte de los desórdenes alimenticios es escribir acerca de esa paz a las 12.55 am. mientras comes un chocolate que tu novio dejó olvidado en tu casa. Es tener fuerza para hacer todo lo que antes no podías, es no pasar momentos miserables negándote la comida de las reuniones familiares, es no tener mal aliento (porque ¿quién lo diría? ¡No comer también genera mal aliento!). Estar libre de anorexia es subir de peso y poder entrenar, amar, viajar, coger mucho. En mi caso fue poder volver a concentrarme, estudiar dos carreras al tiempo, descubrir el buen sexo y comenzar a respetar mi propio cuerpo, abrazar mi existencia.

    No voy a mentir: cuesta. Cuesta decir 'basta', dejar de odiarse y empezar a asumir que de todo se puede sacar algo bueno, que las cosas que no nos gustan de nuestros cuerpos tienen soluciones más saludables y divertidas que no probar bocado. Es difícil que no dé vergüenza quitarse la ropa frente a alguien, nadar en una piscina o empezar a ir al gimnasio... pero se puede. Sí que se puede. Y todo mejora. Los padres gruñones se van convirtiendo en amigos con el paso del tiempo, la gente negativa va saliendo de la vida de uno y las cosas empiezan a verse mejor cuando uno se sacude el drama y se da cuenta de que la gente que quiere que uno coma no es gente malvada sino gente realmente preocupada, personas que ven el toro desde la barrera y saben que Ana mata.

    Hoy puedo decir que estoy tranquila. He tenido que regalarle a mi hermana pequeña ropa que compré en el 2014 y 2015 porque no quepo en ella, mis muslos se tocan como nunca y me siento más grande... pero también más viva, más capaz, más completa. No he vomitado en años y tampoco dejado de comer en muchísimos meses, así que... ¡sí, estoy recuperada!

    Aún quedan la depresión y el riesgo de autolesión, tendencia de la que intento desprenderme. Es difícil, igual, pero no imposible. A veces hay que empezar a tomar decisiones, sacar del panorama a la gente que no funciona en él, moverse, buscar cómo hacerse la autoterapia y dejar de vivir una vida miserable porque todo evoluciona.

    Me siento mejor que nunca, habiendo ganado peso siento la belleza, la seguridad, eventualmente la sensualidad y, sin duda alguna, la vitalidad que jamás experimenté cuando odiaba mi cuerpo y despreciaba la comida. ¿Coincidencia? No lo creo.

  7. Heavier body, lighter heart.

    martes, 3 de mayo de 2016

    La última vez que escribí estaba llena de ansiedad, aunque por fortuna logré canalizarla, adoptar la filosofía del "un paso a la vez" y no agobiarme tanto. De a poco voy sintiendo que los esfuerzos que hago por obtener buenos resultados académicos dan frutos y he desarrollado (creo) un nivel decente de tolerancia al fracaso. No tengo claro cuándo fue el último día que me corté, pero parece que fue hace más de tres meses y, a pesar de las cosas que han sucedido y del estrés y las veces que he estado al borde del descontrol, no he sentido la necesidad.

    En lo que va de este semestre he tenido algunos problemas respiratorios. Siempre he sido asmática y los cambios de clima de mi ciudad no ayudan en absoluto, así que estuve muy enferma de los pulmones una semana, me incapacitaron y traté de descansar y a la vez adelantar trabajo atrasado. Después de eso retomé y las cosas empezaron a salir mejor. Igual no me confío, y aunque estos dos últimos días no he hecho nada con disciplina, espero poder empezar mañana con buena energía. 

    Hoy me pesé en el gimnasio. 55,7. Se lo mandé a mi novio en un mensaje de Whatsapp con una carita sonriente. ¿Cuándo iba a imaginarme yo que estaría contenta alguna vez por subir de peso? Me siento bien porque me siento fuerte, porque finalmente puedo aceptar mi cuerpo, quitarme la ropa con gusto, comer lo que me da la gana y hacer ejercicio porque entiendo que tengo un compromiso con mi cuerpo, porque la prioridad es estar fuerte y saludable, no lánguida y sin vida. Para ser honesta, hace tiempo no siento el odio que sentía antes, las ganas de hacerle daño y la vergüenza que me producía. J ha sido más responsable de mi progreso que yo misma, siempre animándome a entrenar y llevándome a comer, siempre haciéndome sentir que las dietas no valen la pena, que ser yo es lo más importante. Saberme fuerte, sentir que mis glúteos volvieron a la vida y, aunque de nuevo no pensé jamás que pudiera decir esto alguna vez, no ver ningún thigh gap son cosas que me hacen sentir sexy y segura y ser capaz de disfrutarme (y dejarlo disfrutarme también, hahah).


    En fin, han sucedido muchas cosas lindas e interesantes, pero estoy cansada. Espero que todas se encuentren bien. Un abrazo.