Take me, I’m alive.
Finalmente he conseguido conectarme a internet. Hace un calor infernal, no me apetece ir a la playa y estoy cansada. No encuentro mucho por hacer. Aunque hay televisión, viajar mil kilómetros para momificarme frente a una pantalla sería un desperdicio. Es decir, frente a
esa pantalla, porque la del ordenador, la del teléfono y la del kindle son diferentes. Me puedo mover, no me momifico, mi actividad cerebral no se detiene. Estoy relajada, como si hubiese consumido algún tipo de droga, como cuando tomaba antidepresivos: con propensión a derramar una lágrima, pero no a convertir mi respiración en un drama.
Ayer escribí algo en una hoja. Aunque por falta de uso mi caligrafía está apestando, me entraron ganas de escribir y preferí hacerlo a mano. El flujo de conciencia es mayor y menos susceptible a errores y correcciones, porque se piensa mucho y la mano se mueve más despacio de lo que vuelan los dedos sobre un teclado. En fin, es largo, así que pueden abandonar aquí. Aquí va.
Diciembre 24, 2012
Para el blog.
Me doy cuenta de que todos en el mundo estamos siempre un poco solos, pero también estamos acompañados, por antitético que parezca. Me cuesta entender por qué la gente se asusta por mis cortes. ¿Por qué se asquean? Asumo que tienen argumentos razonables, pero no me entran del todo. Tampoco comprendo por qué tuve que ser, que elegir ser parte de la minoría –que no ha de ser exactamente una minoría– que se autolesiona por esto o aquello.
¿Sabe alguien qué día es hoy? No, navidad no es lo que me viene a la cabeza... es el aniversario de la primera vez que sostuve una cuchilla contra mi piel. Repetidamente. Me producía cierto placer doloroso, y es que lo que sentía dentro se detenía, sentía que estaba gorda y asquerosa, y hacía tiempo no me quería.
No quería dejarlo, pero tampoco hacer sufrir a quienes amo. Ya sé que suena contradictorio, pero tengo que concederme el hecho de que siempre he pensado en los demás: cuando mi madre me vigilaba la comida, por ejemplo, yo procuraba no hacer berrinche y que no se notara mi odio, que pensara que estaba perfecta, porque no quería destrozarla. Lo que ocurría con los cortes es exactamente lo que pasa ahora, con la diferencia de que antes lo ocultaba y ahora evito hacerlo. No quiero que mis padres tengan una hija con los brazos marcados.
Cómo sangré hace años. Las marcas ahora sólo son líneas pequeñas que destacan poco. Visto de refilón no parece que alguna vez hace tanto tiempo me hubiese herido así. Es como si las heridas cerraran y dejaran fantasmas blancos a los que tengo que ver cada que utilizo el brazo, cada que tengo que pensar en qué ponerme según para dónde voy.
Never was a girl with a wicked mind.
Empecé cortándome con una cuchilla depiladora. Después encontré un destornillador microscópico y me lo quedé para poder desbaratar cada tajalápiz que encontrara por el camino. Aprendí a conocer las marcas y los materiales que cortaban con precisión y profundidad, los que me hacían sangrar. Nunca dejé de lastimarme con la primera cuchilla, que, por cierto, perdí hace poco y casi me entraron ganas de llorar, no por no tener con qué marcarme la piel, sino porque de alguna manera retorcidísima le tomas cariño a ese tipo de objetos, encarnando un purismo emocional increíble. Igual hace un año empecé a caer más bajo: rompí una taza y, en pleno uso de mis facultades mentales, guardé un pedazo en mi bolsillo, que después usé en un momento de rabia o tristeza, no recuerdo. Después fue un vidrio, un fragmento de un vaso también roto. Me sentí como las locas de sanatorio que describía mi madre, locas que se suben en las sillas y quitan los bombillos, los rompen y emplean para cortarse las venas... pero sólo quien alguna vez ha ido por toda la casa buscando con desesperación y con la mente nublada un objeto cortopunzante, cualquiera, me entenderá. Y entenderá que no soy una loca y que no pienso en cortarme las venas sino un par de minutos al año. No soy suicida, me gustaría que lo entendieran. Tampoco soy estúpida, sé que me estoy lastimando únicamente a mí y que a la gente debe importarle un pepino. Quisiera que comprendieran que nunca me he lastimado por causa de nadie, que nunca me he escrito el nombre de nadie en la piel, que nunca he pensado 'me cortaré para que vea que estoy mal por su culpa porque así se acercará a mí', que nunca he sido una persona obsesiva con quienes me rodean, que no soy del tipo de mujer que es abandonada y se arrodilla y llora y amenaza con suicidarse. Sé que las personas se espantan y se alejan, sé que no puedes obligar a nadie a quererte y que estar mal por alguien no vale realmente la pena, no si 'alguien' ni se inmuta cuando te ve. Sólo quise morir y lo intenté en serio en una ocasión: tomé todos los medicamentos que encontré, pastillas para cualquier cosa, jarabes, todo lo que había en casa –que no era poco (mis padres siempre han trabajado con medicamentos)–, pero no conseguí nada más que estar al borde de un ataque de pánico, con el corazón aceleradísimo, y la boca seca, todo durante más o menos una semana. No se notó. Luego abandoné, porque en realidad la curiosidad es más fuerte que yo y, vamos, ni siquiera si vuelvo a sentirme muerta, a consumirme, voy a acabar con mi vida. Es cierto que a veces siento que no puedo más, que el vacío me absorbe, que la sensación de que no hay nada, no soy nada y no hago nada me aplasta, que en ocasiones necesito sentir el ardor de un corte y ver la sangre rendirse a la gravedad y correr hacia al piso, que puedo pasar semanas agotada y llorando y sintiéndome abrumada, pero no excedo el límite de la idea, una que, sé, tengo que abandonar.

En el fondo es fácil confiar en mí porque, aunque no siempre hago lo que digo, he venido lidiando con mis patologías desde pequeña. ¿Creen que fueron los psicólogos los que me ayudaron a menguar los ataques de pánico? No, fui yo, consolándome desde niña, inventando premisas para soportar el problema. ¿Creen que fue el psiquiatra que eligió medicarme antes de escucharme quien me ayudó a volver a comer? Fui yo. No fueron los médicos ni las terapias quienes me ayudaron a soportar verme al espejo, a pensar en los demás antes que en mí, a notar que la apariencia de nena de diez años no es sexy, que da lástima. Para estar donde estoy, he progresado infinitamente. ¿Fue el ácido valproico –oh, bendito ácido, confieso que a veces te extraño– el que me borró las canciones deprimentes, las famosísimas thinspiration del ordenador? Fui yo, fui yo, con la misma determinación con la que puedo dejar de comer durante días. ¿Eso me hace "menos anoréxica"? Cualquiera que no sepa de qué va esto me dirá que sí, que sólo quiero llamar la atención, pero ¿por qué? ¿Se ha enterado acaso alguien de todas y cada una de las luchas diarias que tengo con la comida, con mi cuerpo, con las ganas de vomitarlo todo? No. Puedo no ser Hulk mentalmente, pero soy fuerte. ¿Por qué no neutralizarme? ¿Quién, si no yo, tengo lo que se necesita para hacer lo que nadie puede a ese respecto? Nadie va a vencerme si no soy yo, nadie va a convencerme, nadie va a mantenerme viva.
Me corto. Tengo un papel que pone 'diagnóstico: anorexia nerviosa'. Vomito. No me gusta mi cara. Odio mi estatura. He visto llorar a la gente que amo, he ido a varios psicólogos y, después de darme cuenta de que no sirven de nada –incluida la última, que habló más de sí misma de lo que me escuchó– los he convencido de que estoy bien, les digo lo que quieren escuchar. A menudo necesito recordarme que puedo hacer algo, necesito sentir que no me cuesta no comer, necesito hacerlo. Me torturo, paso frente a un lugar de comida rápida y sonrío, triunfante, porque no necesito entrar. Porque como, pero no es la comida quien me domina. Excepto cuando lo hace.
No soy una santa. No creo en princesas y corceles, pero me gustan los superhéroes y los caballos. No creo que alguien venga jamás a salvarme, sé que los hombres nunca saldrán corriendo detrás de ti para pedirte que te quedes, pero tampoco creo estar sola en el mundo, y creo que alguien debe amarme –no hablando de imperativos, sino de posibilidades–. No sé si lo merezco –no estoy segura de hacerlo siempre–, pero sé que algo hay.
No soy una santa. Pero tampoco soy Hitler.
FIN.
¿Llegó alguien hasta aquí? ¿No? Comprensible, es un tratado. Espero que estén bien. Y gracias.
Un beso.
But everything looks
better when the sun goes down.