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  1. 'Creepy' is not always 'wrong'.

    martes, 25 de diciembre de 2012

    Take me, I’m alive.
    Finalmente he conseguido conectarme a internet. Hace un calor infernal, no me apetece ir a la playa y estoy cansada. No encuentro mucho por hacer. Aunque hay televisión, viajar mil kilómetros para momificarme frente a una pantalla sería un desperdicio. Es decir, frente a
    esa pantalla, porque la del ordenador, la del teléfono y la del kindle son diferentes. Me puedo mover, no me momifico, mi actividad cerebral no se detiene. Estoy relajada, como si hubiese consumido algún tipo de droga, como cuando tomaba antidepresivos: con propensión a derramar una lágrima, pero no a convertir mi respiración en un drama.

    Ayer escribí algo en una hoja. Aunque por falta de uso mi caligrafía está apestando, me entraron ganas de escribir y preferí hacerlo a mano. El flujo de conciencia es mayor y menos susceptible a errores y correcciones, porque se piensa mucho y la mano se mueve más despacio de lo que vuelan los dedos sobre un teclado. En fin, es largo, así que pueden abandonar aquí. Aquí va.

    Diciembre 24, 2012

    Para el blog.

    Me doy cuenta de que todos en el mundo estamos siempre un poco solos, pero también estamos acompañados, por antitético que parezca. Me cuesta entender por qué la gente se asusta por mis cortes. ¿Por qué se asquean? Asumo que tienen argumentos razonables, pero no me entran del todo. Tampoco comprendo por qué tuve que ser, que elegir ser parte de la minoría –que no ha de ser exactamente una minoría– que se autolesiona por esto o aquello.

    ¿Sabe alguien qué día es hoy? No, navidad no es lo que me viene a la cabeza... es el aniversario de la primera vez que sostuve una cuchilla contra mi piel. Repetidamente. Me producía cierto placer doloroso, y es que lo que sentía dentro se detenía, sentía que estaba gorda y asquerosa, y hacía tiempo no me quería. 
    No quería dejarlo, pero tampoco hacer sufrir a quienes amo. Ya sé que suena contradictorio, pero tengo que concederme el hecho de que siempre he pensado en los demás: cuando mi madre me vigilaba la comida, por ejemplo, yo procuraba no hacer berrinche y que no se notara mi odio, que pensara que estaba perfecta, porque no quería destrozarla. Lo que ocurría con los cortes es exactamente lo que pasa ahora, con la diferencia de que antes lo ocultaba y ahora evito hacerlo. No quiero que mis padres tengan una hija con los brazos marcados.

    Cómo sangré hace años. Las marcas ahora sólo son líneas pequeñas que destacan poco. Visto de refilón no parece que alguna vez hace tanto tiempo me hubiese herido así. Es como si las heridas cerraran y dejaran fantasmas blancos a los que tengo que ver cada que utilizo el brazo, cada que tengo que pensar en qué ponerme según para dónde voy. 

    Never was a girl with a wicked mind.

    Empecé cortándome con una cuchilla depiladora. Después encontré un destornillador microscópico y me lo quedé para poder desbaratar cada tajalápiz que encontrara por el camino. Aprendí a conocer las marcas y los materiales que cortaban con precisión y profundidad, los que me hacían sangrar. Nunca dejé de lastimarme con la primera cuchilla, que, por cierto, perdí hace poco y casi me entraron ganas de llorar, no por no tener con qué marcarme la piel, sino porque de alguna manera retorcidísima le tomas cariño a ese tipo de objetos, encarnando un purismo emocional increíble. Igual hace un año empecé a caer más bajo: rompí una taza y, en pleno uso de mis facultades mentales, guardé un pedazo en mi bolsillo, que después usé en un momento de rabia o tristeza, no recuerdo. Después fue un vidrio, un fragmento de un vaso también roto. Me sentí como las locas de sanatorio que describía mi madre, locas que se suben en las sillas y quitan los bombillos, los rompen y emplean para cortarse las venas... pero sólo quien alguna vez ha ido por toda la casa buscando con desesperación y con la mente nublada un objeto cortopunzante, cualquiera, me entenderá. Y entenderá que no soy una loca y que no pienso en cortarme las venas sino un par de minutos al año. No soy suicida, me gustaría que lo entendieran. Tampoco soy estúpida, sé que me estoy lastimando únicamente a mí y que a la gente debe importarle un pepino. Quisiera que comprendieran que nunca me he lastimado por causa de nadie, que nunca me he escrito el nombre de nadie en la piel, que nunca he pensado 'me cortaré para que vea que estoy mal por su culpa porque así se acercará a mí', que nunca he sido una persona obsesiva con quienes me rodean, que no soy del tipo de mujer que es abandonada y se arrodilla y llora y amenaza con suicidarse. Sé que las personas se espantan y se alejan, sé que no puedes obligar a nadie a quererte y que estar mal por alguien no vale realmente la pena, no si 'alguien' ni se inmuta cuando te ve. Sólo quise morir y lo intenté en serio en una ocasión: tomé todos los medicamentos que encontré, pastillas para cualquier cosa, jarabes, todo lo que había en casa –que no era poco (mis padres siempre han trabajado con medicamentos)–, pero no conseguí nada más que estar al borde de un ataque de pánico, con el corazón aceleradísimo, y la boca seca, todo durante más o menos una semana. No se notó. Luego abandoné, porque en realidad la curiosidad es más fuerte que yo y, vamos, ni siquiera si vuelvo a sentirme muerta, a consumirme, voy a acabar con mi vida. Es cierto que a veces siento que no puedo más, que el vacío me absorbe, que la sensación de que no hay nada, no soy nada y no hago nada me aplasta, que en ocasiones necesito sentir el ardor de un corte y ver la sangre rendirse a la gravedad y correr hacia al piso, que puedo pasar semanas agotada y llorando y sintiéndome abrumada, pero no excedo el límite de la idea, una que, sé, tengo que abandonar.

                    

    En el fondo es fácil confiar en mí porque, aunque no siempre hago lo que digo, he venido lidiando con mis patologías desde pequeña. ¿Creen que fueron los psicólogos los que me ayudaron a menguar los ataques de pánico? No, fui yo, consolándome desde niña, inventando premisas para soportar el problema. ¿Creen que fue el psiquiatra que eligió medicarme antes de escucharme quien me ayudó a volver a comer? Fui yo. No fueron los médicos ni las terapias quienes me ayudaron a soportar verme al espejo, a pensar en los demás antes que en mí, a notar que la apariencia de nena de diez años no es sexy, que da lástima. Para estar donde estoy, he progresado infinitamente. ¿Fue el ácido valproico –oh, bendito ácido, confieso que a veces te extraño– el que me borró las canciones deprimentes, las famosísimas thinspiration del ordenador? Fui yo, fui yo, con la misma determinación con la que puedo dejar de comer durante días. ¿Eso me hace "menos anoréxica"? Cualquiera que no sepa de qué va esto me dirá que sí, que sólo quiero llamar la atención, pero ¿por qué? ¿Se ha enterado acaso alguien de todas y cada una de las luchas diarias que tengo con la comida, con mi cuerpo, con las ganas de vomitarlo todo? No. Puedo no ser Hulk mentalmente, pero soy fuerte. ¿Por qué no neutralizarme? ¿Quién, si no yo, tengo lo que se necesita para hacer lo que nadie puede a ese respecto? Nadie va a vencerme si no soy yo, nadie va a convencerme, nadie va a mantenerme viva.
    Me corto. Tengo un papel que pone 'diagnóstico: anorexia nerviosa'. Vomito. No me gusta mi cara. Odio mi estatura. He visto llorar a la gente que amo, he ido a varios psicólogos y, después de darme cuenta de que no sirven de nada –incluida la última, que habló más de sí misma de lo que me escuchó– los he convencido de que estoy bien, les digo lo que quieren escuchar. A menudo necesito recordarme que puedo hacer algo, necesito sentir que no me cuesta no comer, necesito hacerlo. Me torturo, paso frente a un lugar de comida rápida y sonrío, triunfante, porque no necesito entrar. Porque como, pero no es la comida quien me domina. Excepto cuando lo hace.

    No soy una santa. No creo en princesas y corceles, pero me gustan los superhéroes y los caballos. No creo que alguien venga jamás a salvarme, sé que los hombres nunca saldrán corriendo detrás de ti para pedirte que te quedes, pero tampoco creo estar sola en el mundo, y creo que alguien debe amarme –no hablando de imperativos, sino de posibilidades–. No sé si lo merezco –no estoy segura de hacerlo siempre–, pero sé que algo hay.

    No soy una santa. Pero tampoco soy Hitler.

    FIN.

    ¿Llegó alguien hasta aquí? ¿No? Comprensible, es un tratado. Espero que estén bien. Y gracias.
                                                  
    Un beso.

    But everything looks better when the sun goes down.

  2. What 'vacation' means.

    sábado, 22 de diciembre de 2012

    I am strong, love is evil.

    Aquí estoy, escribiendo de nuevo, tras una semana que pareció un viaje de turismo emocional. Yo, por supuesto, la visitante. Escribo desde el ordenador de escritorio de mis padres, ese que alguna vez monopolicé para chatear con él o para pasarme las horas en la blógsfera anoréxica.

    El fin de semana que pasó estuve con algunos amigos con el fuego y las cervezas por escenario. Hacía cuatro años no se hacía algo similar, y la última vez me sentía gorda, no quería hablar, estaba vestida de negro y regresé a casa temprano. El sábado tenía la sonrisa pegada en la cara y la risa era mi banda sonora. Había gente nueva. Sé que caí bien, acostumbro a hacerlo en mis días buenos. 

    El martes, feliz cumpleaños a mí. Mi madre organizó una comida con la familia cercana, y sí, los cumplí feliz. Ayer también hubo comida familiar en casa, puesto que ella tiene la costumbre de invitar a comer a sus hermanos –que no son pocos– y sus familias para mantener la tradición de mi difunta abuela: reunir a la familia con frecuencia. Mis amigas estuvieron en la tarde y, de nuevo, feliz cumpleaños a mí. Es... curioso, pero este año ha sido un buen año y diciembre no se ha quedado atrás, regalos aparte. No sé si soy yo o qué es, pero estoy, por mucho, más satisfecha que otros años. Supongo que en las siguientes entradas haré algún tipo de balance, porque es lo que suele suscitar saber que nos pasaron por encima 366 días. 

    I'ts a version of perversion... 

    Mañana a las 6 pm. viajo a una ciudad que es todo sol y mar. Escribiré desde allí, supongo. La verdad es que no estoy muy inspirada. 


                  

    En fin, creo que tengo un poco de miedo. Lo de siempre, miedo de que esta aparente estabilidad retorcida se vaya por el inodoro, y entonces yo vuelva a sentirme brutalmente mal y demás. Sé que a veces es necesario tambalear para valorar la seguridad, pero creo que lo he hecho tanto que no quiero moverme un ápice de donde estoy, de este lugar seguro que algún déficit de algo en mi cerebro me va a quitar eventualmente. 


    ... that's only for the lucky people.



  3. Recap

    viernes, 14 de diciembre de 2012

    Screams all sound the same.

    No dormí muy bien. Me lastimé. No sé cuántos cortes horizontales, uno vertical, en el mismo escenario de las dos veces anteriores. Asumo que no será muy bueno abrir nuevas heridas sobre heridas que acaban de cerrar, pero no caí en cuenta hasta después. Tampoco es que sea algo muy relevante. 


    Después he visto una película, Amor y letras. La verdad es que me ha gustado muchísimo: un adulto taciturno conoce a una chica activa y jovial de diecinueve años, y entre ellos no sucede nada significativo, fuera del intercambio de cartas escritas a mano y de contenidos encantadores. Es la clara ilustración de la idealización en la que pueden desembocar unas letras bien puestas, y el dolor del choque de la realidad con la imagen irreal y la atmósfera idílica de una relación sin rótulo. Quizá me gustó por eso, porque aunque la chica es un poco ridícula, al final acaba bebiendo de más y teniendo sexo con alguien cuyas palabras nunca hicieron mella en ella, alguien que acaba situándola en su órbita relacional adecuada. 



    En fin, ya sé que he sido algo escueta, pero me apetecía actualizar sin profundizar mucho en ciertos sucesos. Bien dijo Sartrè que «el peligro de llevar un diario es que se exagera todo, uno esta al acecho, forzando continuamente la verdad», y estoy convencida de que tal premisa cobra más sentido entre más días haya que recordar.

    Un abrazo.

  4. Bulimia is never sexy.

    jueves, 6 de diciembre de 2012

    Cuando nos presentan la imagen de 'Mia' y nos la venden como una solución inequívoca a nuestros problemas, cuando apoyan nuestra convicción de que es un estilo de vida y no una enfermedad, cuando nos hacen creer que la meta es la perfección y que será duro pero que todo va a estar bien, se les olvida decir que una bulímica no puede hacer una buena mamada.

    El sexo es algo importante, y, quien diga que no, por favor abandone el recinto inmediatamente. En fin, hoy estaba ocupada en el asunto. No me incomoda el sexo oral, no me molesta darlo y no suelo poner reparos, así que empecé sin darle vueltas al tema. Hasta ahí todo bien. De repente empecé a sentir arcadas y jugos gástricos revolviéndose. Al retirarme para respirar un poco —se sobreentiende que no me sentía muy bien—, mi estómago hizo ese sonido que indica que puedes meter los dedos dos veces más en la garganta y devolver todo un almuerzo. La verdad es que sólo habría sido incómodo de haber sucedido una vez, pero la segunda resultó asqueroso. Siempre se complican un poco las cosas después de haber tenido un atracón recientemente, pero nunca había sido tan difícil y tan vergonzoso.

    Estoy enfadada con mi cuerpo y con mis hábitos.

    Estoy enfadada porque nadie nunca me dijo que la bulimia no era sexy.



    There's one reason why I don't stop eating again: I'm not willing to lose this perfect beautiful ass I've got.

  5. I did it.

    miércoles, 5 de diciembre de 2012

    Lo hice. Me gradué.

    Después de años de llevar una falda escocesa azul y medias blancas a la rodilla, por fin he recibido ese cartón que con el transcurso de los últimos días me parecía cada vez más lejano.

    La noche del viernes planeaba ir a la cama temprano, pero fui presa de un ansia comunicativa infinita, por lo que me resigné a no avanzar en el libro de turno y me dediqué a hablar con una de mis compañeras vía Whatsapp acerca de los planes que teníamos para celebrar el grado, hasta quedarme dormida a eso de las once. Desperté más o menos a las ocho de la mañana, dispuesta a comer algo y arreglarme, pero me resultó físicamente imposible ingerir cualquier alimento sólido. Igual no me sentí culpable: el estómago me pesaba demasiado. Me conformé con un café y me duché, saqué la ropa y me puse unos jeans y una camiseta cualquiera para ir a arreglarme el cabello. Durante todo el año lo llevé color naranja opaco, así que recientemente volví a mi tono natural y, para romper con el liso ininterrumpido tan característico en mi persona, decidí pedir que me hicieran ondas en las puntas, lo que me resultó medio exagerado, así que no me maquillé fuera del rímel negro usual.
    Regresé a casa, me puse el uniforme y me fui antes que mi familia. Al llegar había un par de personas, así que nos sentamos a hablar de nada hasta que alguien más hizo presencia y nos dirigimos juntas al baño, donde, a raíz de que mi ansia comunicativa permanecía latente, nos morimos de risa un rato antes de regresar –mi catarsis más efectiva es reír–. Al volver había más gente, y después de los saludos característicos –estás muy guapa (esta vez me lo creí) y demás– nos rendimos a los fotógrafos. Entré cuando me llamaron, deteniéndome para la foto del corredor, y me senté a escuchar los consabidos discursos de grado. Nadie derramó una lágrima. Subí cuando me llamaron de nuevo y quien me entregó el diploma –alguien que me apoyó durante todo el año a pesar de las metidas de pata– me abrazó y dijo que estaba orgullosa de dármelo. Posterior a ello hubo un par de fotos más, bajé, me entregaron el acta de grado y regresé a mi asiento. Dado que no teníamos birrete, al concluir la ceremonia cada una se quitó el saco y lo lanzó al techo.  Un nada sutil y muy divertido 'no nos ha hecho falta'. Al salir hubo más fotos con algunas compañeras, con mi familia, y, por supuesto, las respectivas felicitaciones y despedidas.  Fue demasiado efímero para lo memorable que resultó salir por última vez de ese lugar. 

    Mis padres esperaron en el auto mientras me cambiaba de nuevo para ir a un restaurante español en el centro de la ciudad. La verdad es que jamás lo había escuchado, pero el ambiente del lugar me gustó desde que entramos. Mi padre pidió un vino chileno para acompañar la comida, y la mesa se llenó de tapas, carnes, alitas de pollo y unas patatas bravas, todo acompañado de diversas salsas. Todo increíble. Para ser sincera, hacía muchísimo no probaba algo nuevo que me gustara tanto. El hombre que nos atendió me felicitó y, al acabar de comer, me llevó una torta pequeña de chocolate belga. Ya sé que si digo que era gloriosa y celestial parece que no hubiese comido en años, pero no tengo más adjetivos para describirla. La comida transcurrió tranquilamente entre anécdotas, risas y fotos.
    Regresamos a casa a eso de las ocho de la noche y fuimos caminando a un bar que hay cerca a mi casa. Pensé que iban a pedirme documentos para entrar, pero no hubo problema por eso. Seguimos hasta el segundo piso, pedimos una cerveza y bailamos un poco antes de que llegaran algunas amigas. Éramos nueve personas, así que pedimos una botella de Ron Bacardi Mojito. Bailé muchísimo, así que pude beber sin sentir el efecto del alcohol. A eso de la una comencé a sentirme mal –tenía hambre, pero en realidad no era hambre, sino un dolor punzante como de gastritis o indigestión–, pero, por ser ese dolorcito conocido, ya sabía cómo aliviarlo. Agradecí –como pocas veces– al cielo poder provocarme el vómito, puesto que después de hacerlo, aunque fue poquísimo, me sentí infinitamente mejor. Bailamos otro poco y estuvimos de vuelta en casa a las dos.

    La deliciosa pesadez de mi cuerpo después del ajetreo me hizo caer como una roca en la cama. Fue un día increíble.


    El domingo no hice nada fuera de lo usual.

    Ayer, martes, me dediqué a acabar un libro y sacar a Lío –mi perro– al parque, porque le encanta rendirse ante los encantos del buen clima. Supongo que hoy terminaré otro libro, disfrutaré de una deliciosa comida sin preocuparme por las calorías y ayudaré a decorar la casa de navidad, justo como cuando era pequeña.

    La cantidad de ojos que absorben eventualmente mis letras ha aumentado, así que creo que tengo el deber de despedirme con un agradecimiento por los comentarios.

    ¿Ha llegado alguien hasta el final? Voy a dejar como premio una imagen bastante erótica. Enjoy.


    Un abrazo.

  6. Hot and cold, that messy stuff

    jueves, 29 de noviembre de 2012

    He pasado varias unidades significativas de tiempo sin escribir porque, como siempre, requiere más esfuerzo encontrar las palabras necesarias para adjetivar los momentos bonitos que para hilvanar con letras los que no lo son tanto. 

    En determinado momento del relato te das cuenta de que en realidad a nadie le importa un diantre tu estado físico o mental. Sí, eventualmente sucede, te preguntan qué pasa y si pueden hacer algo al respecto, esperando, claro, que no pidas nada descabellado. La preocupación es genuina en ese punto. Después, en cualquier momento, te piden que te desahogues. Eso es lo más triste, que te lo piden, te piden que hables de lo que te acongoja para darte eso que es tan inservible y tan lo mismo de siempre, esas respuestas genéricas que no surten ningún efecto, así que yo directamente paso de comentarle algo a alguien. Las pocas veces que he dicho que me siento gorda o que no me siento cómoda en mi piel he obtenido bufidos, ojos en blanco o comentarios estúpidos a modo de contestación, y no, no me hicieron sentir mejor en absoluto. Ahora me siento mal, joder, MAL, con mayúsculas y en Verdana. No quiero la atención de nadie, no quiero palmaditas en la espalda, no quiero abrazos que no significan nada: quiero ser suficiente. Es algo tedioso de explicar y de entender, así que... retomando el asunto de la última entrada, bueno, haberme provocado el vómito de manera tan violenta e impulsiva me dejó adolorida, ronca, cansada y sin apetito, pero más o menos a las veinticuatro horas decidí comer algo para sentirme con energía. No había vuelto a pensar mucho en ello. Las heridas de mi muslo derecho han cerrado y sólo escuecen un poco ocasionalmente. Sé que no serán fáciles de ignorar para un tercero, pero estoy segura de que, como ha ocurrido con todas las demás, desaparecerán con el bronceado vacacional. No se lo dije explícitamente a nadie, aunque me encontraba perdida en el infierno. De a poco me hago perfectamente capaz de lidiar sola con ese tipo de cosas, y me alegra no necesitar involucrar agentes externos con los que corra el riesgo de ser mandada a la mierda. 


    Me aterra no saber si estas cosas están manifestándose de nuevo como una parte de mí de la que no puedo deshacerme, o si soy yo la que hace parte de ellas.


    That's it. No me encuentro precisamente bien, pero sobreviviré.

    Un abrazo.

  7. Shut the fuck up. You don't wanna look desperate.

    jueves, 22 de noviembre de 2012

    “Help, I have done it again. I’ve been here many times before.
    Hurt myself again today, and the worst part is there’s no one else to blame.”

    Podría habérselo dicho a alguien. Pero ¿qué podría haber dicho en realidad? ¿"Hola, ¿cómo te va? ¿Bien? A mí no tanto, acabo de hacer cosas muy desagradables, así que, por favor, siente todo el asco que puedas y no olvides compadecerme y fingir algún tipo de preocupación que luego olvidarás al salir, gracias."? No. En la teoría podría haber hablado, pero no en la práctica. Aún después de tanto tiempo me cuesta hablarle a un sujeto definido acerca de mí, sobre todo al tratarse de cosas negativas: cuando se verbalizan parecen más reales, sí, pero también más nimias, más tontas. Los motivos se reducen y, en vez de explicar algo razonable, siempre me encuentro mencionando estupideces que, pienso entonces, debí haber procesado mejor antes de haber conjugado en mi cuerpo el verbo destructivo.
    No puedo justificarme. Estoy demasiado cansada para responder mis propias preguntas.

    No sé qué ocurrió. O quizá sí, pero no me apetece mencionarlo. Después de esto sólo me quedan la sed y las ganas de dormir infinitas.

    Supongo que decir que "mañana será otro día" es pleonásmico y poco inteligente, pero habrá que hacerlo por esta noche. Luego encontraré otra excusa barata. 



  8. Little iceberg

    lunes, 19 de noviembre de 2012

    Lejos de los discursos de filosofía psicológica barata, hoy llegué a la conclusión de que la existencia particular es un cuadro visto desde distintos cristales que graduamos a conveniencia.

    “Eres una cara difícil de olvidar. Una actitud que no se deja pasar.”

    Aunque, eventualmente, todos somos alguien a quien es mejor ignorar. Incluso para nosotros mismos.





  9. Some dance to remember, some dance to forget

    viernes, 16 de noviembre de 2012

    "Todas las puertas que se abren, por pequeñas que sean, siempre conducen a algún sitio."

    ¿Se me lee? ¿Sí? ¿No? ¿A medias?

    En fin, como es evidente, he cambiado el diseño del blog. Ya sé que es bastante simple, pero creo que no necesito nada más. Me resulta algo molesto el detalle de las líneas inferiores al título, pero creo que podré vivir con ello.
    Me pasé el viernes durmiendo, leyendo, batallando con el código de programación del blog, durmiendo de nuevo, intentando escribir... 

    Siempre empiezo a ver el vaso medio lleno porque parece que no importa cuántos errores cometas, al final tienes derecho a ser cuando menos un poco feliz. El problema es que siempre nos enseñaron cómo evitar las caídas, pero nadie nos dijo nunca que, a veces, tocar tierra con las manos es más que saludable. Creo que me siento bien. Al fin y al cabo, el tiempo no lo marca el reloj, sino los latidos del corazón.

    Por cierto, Alice, esta chica que me ha seguido a través de las truculentas vías de mis mil y un blogs, y que debe pensar que no la leo porque no comento, me ha dejado una de esas cosas curiosas que solían llamarse 'memes'. Debo decir once cosas acerca de mí, contestar once preguntas de Allie, poner once blogs para que respondan y tomarme el trabajo de elaborar otras once preguntas, pero no haré las dos últimas cosas por cuestiones obvias. Aquí va.

    Mis once puntos:

    1. Hoy no me duché.
    2. Cuando la anorexia consumía cada célula de mi cuerpo y cada aspecto de mi vida me corté el cabello tanto como pude. Eso fue hace casi cuatro años. Ahora llevo una melena preciosa por la cintura y no quiero cortarla porque es sinónimo de equilibrio.
    3. Paul Auster escribió el mejor libro que leí jamás: El libro de las ilusiones.
    4. Desde que dejé el tema del blog personal me cuesta trabajo escribir relatos. Es una buena razón para retomarlo.
    5. Me fascina comer. La ironía, lo sé. 
    6. Tengo el brazo izquierdo lleno de cicatrices.
    7. El infierno es un lugar sin biblioteca.
    8. Carezco de vergüenza en materia sexual.
    9. Tomo clases de baile y me va bien.
    10. Sigo sin poder creerme guapa. Lo único que aprecio de mi cuerpo son mis nalgas.
    11. A veces se me avería el filtro social.

    Como me aburro y no consigo dormir, responderé todo lo que ponía ahí:

    1. ¿Qué es lo que más te gusta hacer?: Leer. 
    2. ¿Qué cambiarías de tu persona?: Mi inseguridad en lo que a mi cuerpo respecta. O la regla, no sé.
    3. ¿Te consideras feliz?: No creo que sea una pregunta coherente. La felicidad no es algo perpetuo o estático.
    4. ¿Cuál es tu canción favorita?: Right now? Hotel California.
    5. ¿Cuántos años tienes y cuál ha sido tu mejor edad?: Vamos para diecisiete. Lo otro es medio complicado.
    6. ¿Por qué iniciaste tu vida de "princesas"?: Por imbécil.
    7. ¿Cuál sería tu máximo deseo en tu vida?: Dejar una huella en el mundo. Preferiblemente escrita.
    8. ¿Eres más feliz ahora que antes de convertirte en princesa?: No soy una "princesa". Jamás fui una "princesa". Fui una enferma obsesiva, esquelética, lánguida y sin ningún encanto. Ahora no estoy tan enferma, ni tan esquelética, ni tan lánguida, ni tan insípida.
    9. ¿Cuál es tu peso meta y cuál es tu estatura?: Pensé en 40 kilos, pero mi inconsciente me reprendió: no debo bajar de 42. Mido 1,6X cms. 
    10. ¿Sabes cuál es tu límite para no terminar mal?: No tengo límite.
    11. ¿Cómo quisieras ser dentro de 3 años?: Exitosa en mi carrera. Me gustaría trabajar, también.

    Las once que pregunta Alice:

    1. Cuál es tu libro favorito?: Es muy complicado... Donde rompen las olas me hizo llorar. Como los otros, pero se entiende.
    2. A qué país te gustaría viajar?: Quiero ir a Inglaterra.
    3. Cuál es la comida que amas comer pero que te hace sentir culpable?: El spaghetti con bolognesa. Fue el primer alimento que vomité en la historia de la bulimia.
    4. Cuál es tu peor miedo?: Las serpientes, las arañas, el reemplazo...
    5. Tienes alguna fobia?: Eh... no sé, las serpientes... puedo estar llorando al ver la película Anaconda. ¿Ya me alcanza para la fobia?
    6. Cuando te ves al espejo, cómo te ves?: No como quisiera.
    7. Estás enamorada?: No.
    8. Qué es lo que más te enamora de un hombre?: ¿Su manera de escribir?
    9. Crees en los milagros?: Todos tenemos que creer en algo. A veces es lo mismo con nombres distintos.
    10. Qué tan soñadora te consideras?: No lo sé, es presuntuoso decirlo.
    11. Tu planeta favorito: La Tierra se enoja si no digo que ella.

    En fin, son casi las tres, y... a ver en los brazos de qué amante ficticio me arrojo.

    Un beso.

  10. Paradise

    jueves, 13 de septiembre de 2012

    Venía a hablar de patologías, ácido clorhídrico y sangre, pero me entretuve viendo el video de Paradise. Es bastante educativo.

    Disfrázate de elefante y deja que un zoológico te atrape. Pinta tres elefantes y cuenta los días con tiza blanca en la pared. Agita la reja y busca la llave en la tierra que hay bajo la misma. Toma un avión disfrazado de elefante, llega a un lugar nuevo, baila por dinero –aún con el disfraz puesto–, compra un monociclo y móntalo –sin olvidar jamás quitarte el disfraz– hasta que tengas que caminar y, cuando veas una jirafa, sigue avanzando porque –aún estás disfrazado de elefante– más adelante encontrarás tres elefantes como tú tocando una canción en medio de la jungla.

    Vamos, que si la vida no te sonríe te disfrazas de elefante y ya está.

    Hablando en serio, tengo que decir que jamás había visto el video y de hecho estaba por soltar la lágrima –ser ridículo es un derecho– con la ternura brutal del elefante.

    Provoca imitar esa ternura infinita: parece que dentro del disfraz hay un poquito de felicidad.



  11. Kind of fickle

    lunes, 3 de septiembre de 2012

    9 pm. Septiembre 3. Suena Yann Tiersen en youtube.

    Estoy acabando con lo que la compra de anoche en Dunkin' Donuts me dejó. No quiero hablar mucho acerca de ayer: fue un día importante y decisivo que inició con ganas de llorar y acabó con un tic en el ojo. Durante el último año he aprendido, me he lastimado, he probado cosas nuevas, me he encontrado en situaciones inconcebibles y me he divertido muchísimo. He crecido, viajado y leído... y no hay nada de lo que me arrepienta, ni siquiera de la más profunda depresión del año, esa por la que estuve horas derramando agua salada y un líquido rojo.

    En fin, estoy algo cansada. Mañana es martes y hay que madrugar. Y tengo que aprovechar, de alguna manera, que las sustancias químicas de mi cerebro se encuentran estables, ergo yo también lo estoy. Espero que dure.

    Meanwhile, this banana wants me to be happy so I will, I'll go to bed :)



  12. What a waste

    lunes, 27 de agosto de 2012


    I wish I was PERFECT.

    Soy un cuerpo impávido. Un espíritu lleno de miedo. Una mandíbula que me pide que no la apriete más, que me permita llorar. Fantaseo –no debería, pero igual lo hago, aunque me exponga a una posterior e inmediata auto-reprimenda– con abrirme las muñecas y dejar la sangre correr. No quiero seguir pensando. No quiero seguir odiándome así. No quiero abrir los ojos por las mañanas y desear hundirme en mi cama hasta el fin de los tiempos.


    Quiero morir. O hibernar.

  13. Nowadays' corpses

    jueves, 23 de agosto de 2012

    Somos más que cuerpos errantes. Por eso, cuando me he mirado al espejo de cuerpo completo esta mañana y por primera vez en semanas me he sentido guapa, cuando he visto la curva de mi abdomen y entendido por qué al tipo con el que salgo le gusta tocarme ahí, cuando me he puesto de perfil y me han gustado mis nalgas, cuando me he visto al espejo y aun cuando escribo esto, me he sentido superficial. Una bofetada, una idea fugaz, algo que podría parecerse a mi natural auto-represión pero que no lo fue en absoluto: lejos de ser un golpe fue un atisbo de conciencia que me hizo pensar que está bien que por una vez en la vida y durante un instante brutalmente efímero me guste lo que me devuelve el espejo, pero no lo es todo y no supone el total de las cosas por las que hay que trabajar. Es importante, es necesario, es una fijación que no voy a poder quitarme, pero un buen cuerpo no va a obtener un buen puntaje en una prueba de estado o a tomar las decisiones correctas o a escribir postulados brillantes, no. Claro que la autosatisfacción –emocional, claro, no voy a redactar toda una entrada al mejor estilo de la filosofía barata de los libros de autoayuda y minimizarla hablando de masturbación– y la confianza en uno mismo son importantes, pero se puede confiar en lo que se sabe y se piensa, y no en lo que se aparenta.

    Al fin y al cabo lo que hay por descubrir es inversamente proporcional al tiempo que dura el cuerpo. 

    En fin. Me complace poder haber escrito algo medianamente coherente después del último y frenético post. Creo que llevo un poco más de tres meses sin ayunar seriamente, más o menos dos meses sin vomitar con fines emocionales y tres días sin lastimarme. Eso hace que me sienta bien hoy, que tenga ganas, que…

  14. Anestesia

    miércoles, 15 de agosto de 2012


    Pese a que lo he intentado desde el viernes, por alguna estúpida y desconocida razón no encuentro las palabras necesarias para describir la manera en que me siento. Sin embargo, en vista de que me embarga una sensación de ahogamiento impresionante, haré un brevísimo intento.
    Hacía bastante tiempo no me detestaba de esta manera. Sé que es lo que suelo decir, pero esta vez el odio, el fastidio dirigido hacia mi persona es tan real, tan tangible… que apenas puedo soportarlo. Es como que de la nada surge una necesidad casi imperativa de hacerme daño, aunque sea sólo como una suerte de expiación a mi estupidez. Es sorprendente la manera en que un día te sientes bien y tienes algún tipo de esperanza, y al otro no quieres levantarte de la cama porque sabes que el simple hecho de abrir los ojos ya supone algún tipo de error. Lo peor, sin embargo, no es sentirme de determinada manera, sino la certeza de que, sin importar lo que haga, esa sensación no desaparecerá hasta dentro de un buen tiempo. Lo sé, el trasfondo fatalista de la premisa anterior es sobrecogedor, pero no puedo evitar estar segura de ello: siempre sucede. No quiero hablar con nadie de esto. 


    Me niego a volver a tomar píldoras amarillas que reaccionen dentro de mí y me generen una falsa sensación de bienestar, una dependencia finita e irreal.

    Estoy jodida y sólo quiero dormir. No sé si lo que he escrito tiene coherencia –espero que así sea–, pero creo que se ha entendido la idea.

    Ah, he de mencionar que tengo un perrito desde hace un par de semanas. Su nombre es Lío, es negro, pequeño y precioso. Sólo abrir su puerta y ver cómo menea la cola cuando te ve es casi reconfortante.

    Son las 8:30 y he apagado el móvil, dispuesta a aplicarme la mejor anestesia: dormir. 

  15. Verdades

    viernes, 27 de julio de 2012

    Por primera vez en la historia de mi vida alguien se dirigió a mí con un aplastante 'no eres tan delgada'.  No debería importarme. Después de escucharlo me propuse ignorarlo, pero resulta que no es tan sencillo. Es decir, no se trata de la opinión de otros, sino de la evidencia. Yo también lo he notado. Y, a pesar de ello, he seguido comiendo cada que se me antoja. A menudo tengo náuseas, pero sigo comiendo, no sé si por evitar caer de nuevo en la espiral dietética autodestructiva o si es que simplemente soy estúpida... pero así es imposible vivir.

    Me siento...

    Necesito detenerme un momento. He puesto una película, Año bisiesto, sólo porque necesito sentirme un poco acompañada. La primera imagen me resultó detestable: una mujer de tez oscura con algunos kilos de más compra comida en un supermercado. Algo pasa después: es su voz. Habla con su madre de una manera desgarradora, aunque el contenido de la conversación sea banal. Es grotesca; a pesar de no ser completamente vulgar, ejecuta ciertos actos frente a las cámaras que ponen en evidencia cuán humana es. Y, de nuevo, su voz. Fuma, se masturba y mete un dedo en su nariz. Apaga el cigarrillo en una hormiga. Lleva un par de hebillas verdes con forma de corazón en la cabeza. Su cabello luce sucio y es agresiva. Entonces vuelve a hablar, con su acento mexicano y su voz infantil. Cuando creo que no puedo seguir viéndola caigo en cuenta de por qué me ha llamado tanto la atención: su cuerpo me transmite algo diferente a lo que me transmiten sus ojos y su voz. Y, estúpidamente, no puedo dejar de observarla porque, a pesar de que se deba sólo a un guión y a la proximidad de una cámara, es obvio que los detalles corporales superfluos no le preocupan. ¿Por qué me impacta? Porque todas las películas buscan siempre un rostro armónico, una melena brillante, un cuerpo de infarto o una personalidad o inteligencia arrolladoras, y es el poseedor de tales características quien merece todas las desgracias que luego se compensarán con placeres casi desmedidos. Esta, en cambio, además de ser mexicana, pequeña y robusta, es una mujer real que se queja de un hombre y que manda 'besitos' a alguien por teléfono. No he podido soportarlo. Cuando ves ese tipo de imágenes, cuando dejas que te lleguen, te das cuenta de que estás siendo una víctima más del modelo que otros han creado por ti para incrementar su producción y sus ingresos a base de erradicar cualquier resquicio de seguridad que pudiese morar en ti y en miles de chicas. Lo que quiero decir es que, desde la cuna, deberíamos instruirnos en un arte diferente al del cabello perfecto y la dieta mágica. Deberíamos haber aumentado de una manera generacionalente exponencial nuestra confianza en nosotras, como individuos y como colectivo. ¿Cuántos crímenes impunes porque las víctimas fueron mujeres medievales? ¿Cuánta incidencia tuvo esto en la población machista enferma actual? El problema no está en ellos, el problema está en nosotras, en la facilidad con que nos sometemos y nos dejamos arrebatar las convicciones, la confianza en nuestra naturaleza.

    ¿Dónde está la profunda ironía que encierra todo lo anterior? Aún me siento gorda, y sigo temiendo el hecho de que, inconscientemente, comience a tomar medidas drásticas y dañinas al respecto. Me asquea pensar en ello, pero también me asquea ver mi cuerpo en el espejo. Ya sé que el comentario que mencioné arriba es una pendejada y no debería tener incidencia en mi comportamiento, pero lo cierto es que despierta mis más dormidas contradicciones.

    Yo estoy cansada de eso. Estoy cansada de ser objeto de comparaciones, adjetivaciones y referencias. Estoy harta de ver siempre a las mismas personas, esas personas que te clasifican según un montón de idioteces.

  16. Insuficiencia mental

    viernes, 22 de junio de 2012

    Qué curioso que la seguridad que proyecto es notable y a veces raya con el egocentrismo, pero cuando pienso en mí no puedo evitar hacerme ciertas concesiones a la inversa, y siempre, siempre se enciende en mi cabeza un letrero de neón que dice 'NO ERES SUFICIENTE'.

    No sé si lo soy. Creo que hay pocos aspectos de mi vida en los que podría estar satisfecha con mi desempeño. Sin embargo, detesto vivir con ese pensamiento latente, esa premisa que afirma que no puedes estar tranquila nunca, que no mereces nada, que no trabajas lo suficiente para lograr lo que quieres. 

    En fin, no me aclaro: no sé si esa sensación de insuficiencia es una enemiga más de la mediocridad o si simplemente es un mecanismo de auto-mutilación a una escala diferente que mi organismo ha generado para mantenerme sintiéndome adolorida.

    ¿Cómo confiar y deshacerme de esto que me oprime el pecho? ¿Cómo sobreponerme y... confiar?

  17. Fucked up mind

    jueves, 21 de junio de 2012

    Anoche no pude dormir. Como consecuencia, a las seis de la mañana de hoy estaba escuchando música y redactando un post que no terminé porque no sabía qué era idóneo escribir. Muy estúpido teniendo en cuenta que mis lectores se reducen a mí.

    En fin, creo que, con el paso del tiempo, las prioridades se van haciendo diferentes. Mi perspectiva de mi cuerpo y de mi vida no es idéntica justo ahora, que tengo que aplicar a diversas universidades cuando ni siquiera estoy segura de que vaya a ser feliz con la carrera que he elegido, a cuando tenía doce o trece años y la decisión más difícil que tenía que tomar era si compraba un helado de 300 calorías o hacía la tarea de historia antes de volver a casa. Por eso mismo soy más consciente ahora de lo mucho que podría influir, no sólo desde el ámbito biológico sino también social e intelectual, volver al antiguo régimen. Tengo en la cabeza una lista de cosas que, sé por experiencia, podrían complicarse hasta el extremo si decido dejar de comer... y no tiene ningún sentido, desde ningún punto de vista, hacerme daño para acabar jodiéndome en otros aspectos y fracasando en cosas más grandes que mi cuerpo. Parece sencillo pensar en cosas que pueden parecer una excusa de tantas —pero una muy razonable, claramente—  para no hacer dieta, pero no es tan simple emplearlas de motivación y dejar de lado la obsesión.

    Una de las cosas más curiosas de los desórdenes alimenticios es que puedes pasar seis meses o un año pensando en ello ocasionalmente, ganando energías y asumiendo que las imperfecciones físicas hacen parte de la belleza humana, pero de repente un día algo se quema dentro de tu cabeza y todo comienza a carecer de sentido, de manera que no puedes dormir, reír, comer o salir si el espejo y tú no están de acuerdo en que estás guapa. Y todos esos conceptos, esas teorías excusa que inventaste y que te satisfacían tanto hace una semana, desaparecen. Se esfuman. Te resultan ridículos. Aceptas que la materia es superflua, pero también sabes con certeza, demasiada tal vez, que ello no implica que sea del todo irrelevante. 

    Hoy había quedado de verme con un amigo. Hace cuatro meses me habría puesto cualquier cosa y salido a verle porque hace siglos no nos vemos, pero un par de horas antes de irme lo encontré conectado en facebook y le pregunté si saldríamos hoy. Me dijo que sí, a lo que yo respondí con indecisión que no me sentía muy bien hoy, que prefería dejarlo para después. Hablamos un poco. Acabé confesándole que no me sentía bonita hoy, que lo único que me apetecía era ahogarme en mi cama por el resto del día. Entonces hablamos porque su vocación de terapeuta lo precede, y me dijo que yo era más que eso que veía en el espejo, que no era razonable, a lo que me sorprendí respondiendo:

    Claro que lo soy, pero tú no te follas cuánto he leído... tú tocas cuerpos, te enamoras de una persona con bonitos ojos y dulces y entrañables besos. No piensas en despertar con una chica enorme. No te follas la manera en que hablo o cómo escribo.

    Creo que jamás habría podido describir mejor lo que siento. Llega un punto —donde estoy ahora— en el que aceptas que el cuerpo no lo es todo, que eres más que eso, que necesitas cultivar tu intelecto por si no avanzas en el resto, pero eso no significa que puedas dejar de cuidar lo que se ve, el empaque en el que estás metida. La gente te dice que seas tú misma... dicen que eres inteligente e interesante, que no tienes idea de cómo te ven los demás, que muchas quisieran ser tú. Pero no se trata de eso. En el fondo jamás se trata de querer cambiar tu entorno porque ni tu familia ni tus amigos están mal... y tú tampoco estás mal, sólo no te sientes bien. El problema es tuyo. Cuando te ves al espejo nunca piensas en los cuerpos de otras personas y te comparas, porque sabes que no tiene sentido, que cada uno ha recorrido un camino diferente para estar donde está... y no envidias los de los demás, porque tampoco se trata de envidiar o añorar lo que tienen otros. Se trata de una guerra de ti contra ti. Así que lo que dicen los demás no tiene sentido alguno.

    En fin...

  18. Stormy night

    miércoles, 20 de junio de 2012

    Quiero escribir. No obstante, antes me acuerdo de quitarme los zapatos que compré hace dos días y la falda y la blusa dos o tres tallas más grande que llevaba hoy. Entonces me siento a continuar ese relato que empecé hace meses, pero me doy cuenta de que el reloj me incomoda y debo recogerme el cabello que ya me llega a la cintura. Bostezo. Voy por un vaso de agua, porque esta noche no quiero aceptar que tengo hambre. Regreso. Me quito las medias porque se escribe mejor en bragas. Intento adicionar un espacio al abandonado documento en word. Leo en voz alta la página 27 del ejemplar de Sueño de una noche de verano que compré en Buenos Aires. Siento que le soy infiel a Romeo con Lisandro. Vuelvo a leerla. Me rindo. Entonces abro cualquier red social antes de darme cuenta de que no me apetece actualizar nada. Y vengo al bermellón amargo a ver qué hay de nuevo. Nada. ¿Y dentro de mí? Nada, tampoco, según parece. Mi cabeza es un desastre, mi físico es el de cualquier ser de dieciséis años: normal. Qué escalofrío me da esa palabra. Me levanto. No es la normalidad, es que llueve. Me pongo un suéter cualquiera y entro en la cama.

  19. Hate

    jueves, 7 de junio de 2012

    Odio intentar pertenecer a este mundo de nuevo y venir, después de haber escrito más de mil entradas mal repartidas por diferentes blogs, y sentirme desnuda y novata. Sobre todo eso, sentirme mal por sentirme tan abandonada. Porque ni siquiera quedan los resquicios del tiempo que me tardé redactando entradas y pixelando mi vida para no sentirme tan sola. Se me agolpan los recuerdos y las ganas de no haber borrado así el pasado, pero también me agobia la culpa porque durante dos años no sentí necesidad alguna de recordarme la historia completa, y algo me dice que hacerlo ahora es un mal indicio. Supongo que es muy difícil volver a empezar, pero se puede, aunque no será como antes. Estoy molesta porque he perdido el hilo y no sé cómo encontrarlo.

    En fin, no sé de dónde me sale el afán por compartir mis letras. A pesar de que a este año no le han faltado cosas positivas, creo que podría hacerlo mejor que esto que se resume en pasar mi tiempo libre yendo en retroceso e intentando dormir para no ser consciente de los dolores de cabeza y los rugidos estomacales que no me dejan olvidar el hambre. Cuatro nuevos cortes se han sumado al cuadro pintoresco y enfermizo de mi brazo izquierdo.

    Y no puedo evitar sentirme patética por hacerme tanto daño.

    Y no me cabe en la cabeza saberme capaz de odiarme tanto.

  20. Y... yo...

    miércoles, 30 de mayo de 2012

    No voy a decir que soy una chica normal, pero tampoco soy toda una rareza. Piel blanca, cabello largo y ojos color marrón. Ahora me río con ganas y tengo fama de problemática.
    Escribo. Creo que el infierno es un sitio sin biblioteca. Soy musicalmente medio indie-medio heavy, a veces uso Internet Explorer y a veces Chrome, y voy variando entre Coca-cola light y Coca-cola normal según lo que se me antoje en el momento. Shakespeare y Wilde me calientan. Tengo una agresiva tendencia al cutting y llevo veinticuatro horas limpia. Hace dos años y medio me diagnosticaron anorexia nerviosa y la estrecha relación entre la comida y yo es de amor-odio, algo insoportable y desordenado.




    Y en eso me he convertido.