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  1. Verdades

    viernes, 27 de julio de 2012

    Por primera vez en la historia de mi vida alguien se dirigió a mí con un aplastante 'no eres tan delgada'.  No debería importarme. Después de escucharlo me propuse ignorarlo, pero resulta que no es tan sencillo. Es decir, no se trata de la opinión de otros, sino de la evidencia. Yo también lo he notado. Y, a pesar de ello, he seguido comiendo cada que se me antoja. De hecho, llevo varios días con una sed insoportable e insaciable que puede atribuirse a una descompensación en mis niveles de azúcar. Vamos, que he estado comiendo demasiada basura azucarada. A menudo tengo náuseas, pero sigo comiendo, no sé si por evitar caer de nuevo en la espiral dietética autodestructiva o si es que simplemente soy estúpida... pero así es imposible vivir.

    Me siento...

    Necesito detenerme un momento. He puesto una película, Año bisiesto, sólo porque necesito sentirme un poco acompañada. La primera imagen me resultó detestable: una mujer de tez oscura con algunos kilos de más compra comida en un supermercado. Algo pasa después: es su voz. Habla con su madre de una manera desgarradora, aunque el contenido de la conversación sea banal. Es grotesca; a pesar de no ser completamente vulgar, ejecuta ciertos actos frente a las cámaras que ponen en evidencia cuán humana es. Y, de nuevo, su voz. Fuma, se masturba y mete un dedo en su nariz. Apaga el cigarrillo en una hormiga. Lleva un par de hebillas verdes con forma de corazón en la cabeza. Su cabello luce sucio y es agresiva. Entonces vuelve a hablar, con su acento mexicano y su voz infantil. Cuando creo que no puedo seguir viéndola caigo en cuenta de por qué me ha llamado tanto la atención: su cuerpo me transmite algo diferente a lo que me transmiten sus ojos y su voz. Y, estúpidamente, no puedo dejar de observarla porque, a pesar de que se deba sólo a un guión y a la proximidad de una cámara, es obvio que los detalles corporales superfluos no le preocupan. ¿Por qué me impacta? Porque todas las películas buscan siempre un rostro armónico, una melena brillante, un cuerpo de infarto o una personalidad o inteligencia arrolladoras, y es el poseedor de tales características quien merece todas las desgracias que luego se compensarán con placeres casi desmedidos. Esta, en cambio, además de ser mexicana, pequeña y robusta, es una mujer real que se queja de un hombre y que manda 'besitos' a alguien por teléfono. No he podido soportarlo. Cuando ves ese tipo de imágenes, cuando dejas que te lleguen, te das cuenta de que estás siendo una víctima más del modelo que otros han creado por ti para incrementar su producción y sus ingresos a base de erradicar cualquier resquicio de seguridad que pudiese morar en ti y en miles de chicas. Hay quienes dicen que una sociedad se define por la manera en que trata a los animales, pero se olvidan también de las mujeres: ese es un factor cultural absurdamente diciente. Lo que quiero decir es que, desde la cuna, deberíamos instruirnos en un arte diferente al del cabello perfecto y la dieta mágica. Deberíamos haber aumentado de una manera generacionalente exponencial nuestra confianza en nosotras, como individuos y como colectivo. ¿Cuántos crímenes impunes porque las víctimas fueron mujeres medievales? ¿Cuánta incidencia tuvo esto en la población machista enferma actual? El problema no está en ellos, el problema está en nosotras, en la facilidad con que nos sometemos y nos dejamos arrebatar las convicciones, la confianza en nuestra naturaleza.

    La falta de confianza no sólo patrocina crímenes violentos, sino también la gestación de estereotipos que, de nuevo, la sumisión nos obliga a aceptar.

    ¿Dónde está la profunda ironía que encierra todo lo anterior? Aún me siento gorda, y sigo temiendo el hecho de que, inconscientemente, comience a tomar medidas drásticas y dañinas al respecto. Me asquea pensar en ello, pero también me asquea ver mi cuerpo en el espejo. Ya sé que el comentario que mencioné arriba es una pendejada y no debería tener incidencia en mi comportamiento, pero lo cierto es que despierta mis más dormidas contradicciones. Es decir, soy consciente de que mi ropa, mi dicción y mis cicatrices descubiertas pueden resultar llamativas y alimentar la curiosidad de algunas personas.

    Yo estoy cansada de eso. Estoy cansada de ser objeto de comparaciones, adjetivaciones y referencias. Estoy harta de ver siempre a las mismas personas, esas personas que te clasifican según un montón de idioteces y después corren a ver dónde consiguen esa maricadita que usaste tú ayer y que tanto les gustó.

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