Justo ahora atravieso un momento tan extraño de mi vida que no sé ni por dónde empezar. Como seres humanos, hay un montón de cosas que pueden o no sucedernos, y ambas cosas son, a veces, un acontecimiento. Excepto que hay personas, como yo, que parecen tomarse (casi) todo siempre bien, que actúan como si no les afectara nada... personas, como yo, que no procesan los acontecimientos en debida forma porque no se lo permiten.
Una de mis amigas es psicóloga y siempre me habla de la evitación: cada vez que yo decidía no rendir un examen o no hacer algo (cualquier cosa), ella me decía "estás evitando", y yo siempre me molestaba mucho porque... ¿yo? ¿Evitar? Jamás. Excepto que sí, lo hago como loca. Evito todo lo que podría generarme malestar, y si por alguna razón siento malestar en alguna situación, también evito procesarlo. Siempre hay mil formas. Ahora, en un buen momento en el que, sin embargo, todo es incierto... evito esa sensación tan horrible que me produce no tener la certeza de qué hacer, cómo hacerlo o cuándo hacerlo, de no tener un plan. Es decir, soy una persona descomplicada, pero ¿no es muy, muy rico tener un plan de acción siempre? Pero eso no sucede, uno nunca puede planearlo todo milimétricamente porque hay cosas que se escapan de nuestro control, y aquí viene la más estúpida paradoja: a veces me cuesta hacer un plan porque ¿qué pasa si no estoy considerando todas esas variables que no dependen de mí aunque sea para tenerlas en mi campo de visión? ¡Igual las necesito! ¡Necesito saber qué no puedo controlar! ¡No puedo avanzar si no lo sé todo! Y cuando no lo sé todo, cuando estoy agobiada por la incertidumbre, cuando no sé qué hacer o qué omitir o hacia dónde caminar o en qué lugar quedarme quieta... los desórdenes alimenticios regresan.
Dejemos una cosa clara: no sentirme bien con mi cuerpo es una cosa que viene de toda la vida. No recuerdo un sólo momento en el que no haya habido nada que me disgustara. Pero en el presente, después de una decantación seria y de una autoterapia importante, queda poco. Y, sin embargo, la diferencia entre "queda poco" y "no queda nada" es más grande de lo que parece. Ahí se ancla mi evitación adulta, en lo que no me gusta de mí, aunque no sea mucho. Porque quizá si me concentro en lo que he comido o dejado de comer, no pienso tanto en lo que estoy haciendo o en el camino que estoy recorriendo. Porque de pronto nada es tan serio si mi meta principal es aplanar el abdomen (cómo aplanar mi abdomen sin tener que bajar de peso porque siempre pierdo peso primero en el culo y eso no me gusta, Google voy a tener suerte), no ponerle azúcar a ninguna bebida, comer/no comer/comer más de esto o menos de aquello. Porque no necesito un plan si tengo este. Porque quizá me salgo un poco de mí si me enfoco más en... mí.
Los desórdenes tienen un aura hechicera que los adorna y los embellece en mi mente, aunque la razón me recuerda que son monstruos que me dejan atontada, con la piel sin vida y un aliento horrible. La palabra 'anorexia' me recuerda cosas feas, tristes, veladas amargas viendo a los demás comer o intentar vestir mi cuerpo de forma sexy aunque mis huesos no tuvieran un gramo de sensualidad... pero también parece seductora a veces. Seduce porque es poderosa, grande, porque ocupa tanto mi mente aunque sea durante los minutos en que pienso en ella, que todo lo demás desaparece. Porque soluciona mis problemas al ser la más grande patrocinadora de... evitación. La anorexia (aunque hoy me jure que sólo es un recuerdo, aunque no deje de comer pese a evocarla e invocarla con frecuencia) es una forma de esconder las demás cosas bajo la alfombra aunque sea por un momento, es saber qué tengo que hacer, cuándo debo hacerlo y de qué manera, es tener un plan, seguirlo, alcanzar una meta, tener marcado el camino. Es una excusa para no sentir lo demás, para no pensar en lo que pasa alrededor, para no comprometerse con nada. La anorexia arrebata vida, resta vitalidad, impide salir de casa, diezma los momentos de felicidad, me hace conflictiva y antipática... pero me distrae de lo demás. Entre calcular cuánto peso y cuántas calorías más puedo comer en el día, entre idear estrategias para que los demás no sepan qué pasa por mi cabeza, no queda espacio para nada más. La vida se convierte en eso que pasa mientras hago una dieta exagerada.
Excepto que ya no lo hago. Hace años no. Esa ya no soy yo. Entonces digo "no, no puedo recaer" mientras escribo esto y suelto un putazo porque me arruinó una uña la antiquísima pero (ahora) más grave adquisición en mi lista de obsesiones y compulsiones: eso que llaman skin picking disorder. Fuck me.
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