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  1. Relapse

    miércoles, 26 de diciembre de 2018

    Vengo a mi espacio seguro para hablar de desórdenes alimenticios básicamente porque por eso nació este blog, pero también porque algo me dice que hablarlo en el mundo real es más o menos admitir un fracaso. Un fracaso chiquito, puede ser... o simplemente un punto del que no me había dado cuenta pero que esta noche del 28 de diciembre de 2018, más de 10 años después del inicio de mi historia con los desórdenes alimenticios y más de 2 o 3 o 4 o no sé cuántos sintiéndome "recuperada", me aplasta.

    Mi vida ha cambiado del cielo a la tierra desde mi primer blog, en el 2008, que se llamaba To Be A Nightmare, si no estoy mal, en el que escribí bajo el pseudónimo de Nightmare durante bastante tiempo. Ya no soy una niña de colegio, estoy muy cerca de graduarme de abogada, cuento como adulto económicamente activo en mi casa y de vez en cuando me invento una escapada, agarro el carro y paso un fin de semana en algún sitio lejos de mi ciudad. Y, sobre todo, durante bastante tiempo he considerado que me recuperé totalmente de los desórdenes alimenticios. Pero... ¿sí?

    Hace años, por allá en el 2010, un médico me dio un papel que decía que yo tenía anorexia nerviosa, y creo que nada me hizo más feliz en ese momento que confirmar a través de un profesional de la salud que todo lo que había hecho, todo el tiempo matándome de hambre y vomitando, el bullying que me hicieron por enferma, todo el peso perdido y el mal aliento constante, todo había valido la pena. Y después empezó la larguísima recuperación. No sé si he dicho esto alguna vez, pero mi recuperación empezó de una manera algo inusual: para entonces tenía tanta hambre que no me resistí, llevaba tanto tiempo malcomiendo que ya estaba ansiosa por comer de nuevo. Mentalmente me burlaba de la falta de tacto de la gente a mi alrededor para obligarme a comer, pero la verdad es que nadie me "obligó", yo quería comer. Bajé mucho de peso, me descubrieron, me diagnosticaron, me amenazaron con internarme en una clínica si bajaba de cierto peso... y para mí, en algún momento, eso significó que había ganado, que por fin se había reconocido mi derecho al meritorio tratamiento a la anorexia porque de verdad estaba enferma, y entonces no había necesidad de seguir matándome de hambre. 

    El problema fue que sí era necesario porque yo no era un ser diferente de mi enfermedad, yo era anoréxica y eso era lo único con lo que me identificaba. Eso quiere decir que aunque me estaba recuperando, mi identidad estaba en juego, así que tenía episodios demasiado frecuentes de atracones o ayunos cortos, algunos de vómitos autoinducidos, y muchísimos de autolesiones porque, aunque comía, me sentía como la mierda. Durante mucho tiempo me costó desprenderme de la anorexia (esa bulimia ocasional con la que coqueteaba nunca fue el problema, aunque lo hice bastante, odiaba vomitar) porque era todo lo que yo era, lo que sabía, lo que tenía. Si me quitaban ese título, ya no tenía nada. Sin embargo, en algún momento finalmente entendí que yo era mucho más que una enferma, y la necesidad de contar con ese pilar de identidad se fue desvaneciendo: por fin, pensé, no necesito ser anoréxica.

    Pero, de nuevo, me equivoqué. No es que yo necesitara o quisiera ser anoréxica... es que, simplemente, lo era. Necesitarlo no iba a tener nada que ver, los atracones seguirían, aunque menos frecuentes. Esa parte de mí no se iba a ir tan fácil porque, sea como sea, siento (siempre lo he sentido) que mis desórdenes alimenticios nunca necesitaron una explicación, simplemente existieron en mí, y seguramente fueron detonados por cosas que no logro recordar o no quiero procesar (la excusa de siempre es que "necesitaba tener el control de algo", pero yo era una nena, ¿qué control de qué iba a necesitar?), o quizá simplemente siempre he sido demasiado autoexigente y eso fue todo. En fin, durante la universidad creí tenerlo todo controlado, pensaba que me estaba recuperando del todo y ya estuvo, pero la obsesión con la comida seguía presente, los atracones no se iban, aunque sí disminuyeron, y conforme estos disminuían, las autolesiones aumentarían durante los primeros años de carrera. 

    Creo que me recuperé (porque sí, creo que sí me recuperé) de la anorexia simplemente porque no quería fracasar en nada más, porque esas ganas de ser siempre perfecta implicaban que tenía que suprimir todo el riesgo de fracaso académico al que no comer podía exponerme. Es decir, habiendo experimentado lo suficiente como para saber que si no comes la cabeza sólo te funciona para contar calorías y que la lentitud mental de un cuerpo que no se alimenta bien no es apta para cursar con éxito una carrera universitaria, me forcé a recuperarme. 

    Lo que no significa que no haya recaído una y mil veces desde entonces. Tomada la decisión, pero esta vez en serio, no como en el 2010, en que me dejé llevar por lo que los demás pensaban que era la recuperación (comiendo "normalmente" y dándome medicamentos), empecé a recuperarme. Iniciando la universidad, en el 2013, me propuse (y me hice la autoterapia necesaria para lograrlo) olvidar que me gustaba sentir hambre, que no comer me hacía sentir superior, todo eso. Subí de peso y olvidé que los desórdenes alimenticios tenían algo que ver conmigo, desaprendí todas las cosas que había hecho parte de mí para bajar de peso y vivir plenamente el estilo de vida de una anoréxica. O eso creí. Y digo que eso creí porque hacia el 2015, en enero, recuerdo haber entrado en una crisis bastante seria (no tratada, por supuesto, yo tengo la mala costumbre de lidiar con todos mis desajustes solita. O bueno, casi todos), y ante una invitación de mis dos amigos de la universidad a comer... lloré, lloré muchísimo en soledad antes de ir, y estuve a punto de cancelarles. Me sentía gorda, enorme, horrible. Pesaba 10 kgs. menos que hoy, pero así era como me sentía. 

    Cuento ese episodio porque en realidad es el primero crítico que recuerdo después de haber decidido y pensado que los problemas con la comida ya no eran parte de mi vida, y es el punto a partir del que, desde hace casi 4 años, sufro recaídas que son más mentales que físicas, pero al final recaídas. Llevo años sabiéndome, sintiéndome recuperada, paso semanas en las que no recuerdo que mi relación con la comida es extraña, que me encanta... porque no voy a mentir, me gusta comer, probar nuevos platos y destacarme por comer mucho (para no irme por las ramas ni hacer largo el cuento, diré que desde hace básicamente los mismos años que sufro las recaídas sorprendo a la gente con la cantidad de comida que me gusta ingerir)... pero después de esas semanas de paz llegan días en que aunque sigo comiendo "normalmente", y por esto digo que mis recaídas son más mentales que físicas, me siento muy mal con mi cuerpo y estoy floja de lágrimas, se me agota el discurso body positive y como sintiéndome culpable, con una culpa que ya no me impide comer pero sí me hace sentir mal después, cuando me miro al espejo y no veo el abdomen plano de antes, cuando me quito la ropa, cuando estoy teniendo el sexo más increíble que he tenido jamás con alguien que jamás ha juzgado mis cicatrices o mis estrías.

    Y por si fuera poco el fantasma de la anorexia que me visita cada ciertas semanas, están los triggers de la vida cotidiana. Siento que esas dos cosas son las que desatan mis recaídas. Recaigo y nadie lo sabe, y nadie lo sabe porque a veces ni siquiera yo lo sé. Y digo que ni siquiera lo sé yo a veces porque sólo hasta ahora me doy cuenta de que esa preocupación que me entra con cierta frecuencia por si comer un alimento u otro me engordará (aunque igual me lo coma) es igual una recaída. De hecho, hace cosa de un mes tuve un peligro enorme de recaer material y formalmente hablando, de atracarme y vomitar, y creo que estuve a una decisión de distancia de hacerlo, pero no lo hice porque me dio miedo volver a experimentarlo y ya no poder parar nunca. Me sentí victoriosa al final, e incluso se lo conté a alguien importante como si ya hubiera ganado. Pero ¿de verdad gané? Ya no lo sé, ahora me siento una farsante, cayendo en cuenta de que todos esos pensamientos que me acosan constantemente son también recaer.

    En fin. Algo que en verdad me mata es que no sé cómo pedirle a la gente que, por favor, no me haga entrar en ambientes en los que se hable de dietas (aunque yo intente seguir una dieta, sana y diseñada para mí, eso sí), que no me haga intervenir en conversaciones en las que se hable de números, de kilos, de calorías, de nada. No sé hacerlo porque siento que asumir y decir en voz alta que me hace mal escuchar las palabras 'calorías', 'peso', 'dieta', 'delgada', es admitir abiertamente que soy frágil aún, que esto todavía me importa. Pero quiero, quiero gritarlo, tatuármelo, no sé... quisiera tener el coraje y las palabras para decirle a quienes amo que me ayuden a no estar en sitios o momentos que pueden afectarme porque, aunque seguramente no voy a dejar de comer, sí entorpecen mi proceso de amar este cuerpo que habito sin obsesionarme con mi peso, con mis medidas, con tenerlo todo firme y plano siempre.

    Quiero que quede claro... con esas recaídas pequeñas no quiero decir que todo el tiempo estoy pensando conscientemente en no comer, en la anorexia, en el hambre. Esas recaídas pequeñas, que vienen separadas entre ellas por una pluralidad real de semanas, no me ha impedido amar, aprender, crecer personal y profesionalmente, viajar, arriesgarme, perder muchos miedos. Son sólo pensamientos que van y vienen y no me impiden vivir, pero sí... existen, ¿saben? Son reales.

    Creo que eso era todo, estoy bastante cansada y quiero dormir, quiero procesar todo esto porque justamente estoy en un momento en el que mi cuerpo y yo no estamos muy alineados, y... bueno, feliz noche para todos.

  2. 2 comentarios:

    1. Edamame dijo...

      quizás podrías replantearte hablar esto con un/a profesional. estar mejor no significa estar bien, o no siempre al 100%. quizá te ayuda a lidiar con los detonantes cotidianos y contigo misma. si te impide disfrutar de la vida es que hay algo que no está funcionando correctamente.

      un besito y ánimo

    2. *Cristal* dijo...

      Qué lindo saber de tí.

      Creo que esas mini recaídas son completamente naturales en el proceso. Y creo que aceptar que eres vulnerable te hace más fuerte, porque te ayuda a enfrentar esas conversaciones con mejores herramientas. Creo. Yo tb he estado recuperada, así que he pasado por cosas similares y tal, y creo que estás en buen camino. Siempre y cuando no dejes que esa identidad te usurpe.

      Un beso!

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